20180924

Generación para cambiar el mundo desde nuestro mundo. Pablo Mosquera


Ser gallego entre los siglos XX y XXI supone estar incómodo y al mismo tiempo encantado por esta Galicia al norte del norte. No sabemos, ni queremos, ni podemos, vivir sin ella. Es una de las tres damas en las que se asienta nuestra existencia. -Podría incluir aquella dama de los tiempos pasados sobre la que escribe Cunqueiro- Libertad, cultura, Galicia. ¿Pero toda Galicia?. Toda, con la perspectiva que tenemos desde la provincia de Mondoñedo.
Nacimos aquí, cuando algunos mandaban desde el centro de la Meseta y nos consideraban una esquina verde. De vez en cuando acudían para disfrutar de nuestro paraíso natural. Es como si tuvieran una finca y nosotros formáramos parte del paisaje. Aun recuerdo a una familia de portugueses, aquellos que fanfarroneaban con sus pequeños bañadores desde los que marcaban paquete, o sus coches de alta gama comprados en Alemania, y desde luego su velero. Todo ello fruto de los escudos que afanaban haciendo "negocios" en sus colonias aunque para ello tuvieran a su juventud pegando tiros durante al menos tres años. Nos señalaban como "mal vestidos". Nunca supe lo que realmente querían decirnos. Pero sin duda les resultábamos unos seres peculiares entre las dunas, playas, islas y verde esmeralda de la mar.
Tuvimos a madrileños de pro. Gentes que necesitaban nuestra forma "peculiar de vivir". Les gustaba escuchar el cuerno marino y acercarse al muelle para comprar pescado vivo o aquel marisco de nuestras rompientes del que luego presumían durante su vida por él asfalto La costa gallega era sinónimo de pulpos, langostas, percebes y nécoras. Pero también hubo alguno que descubrió nuestro secreto mejor guardado. Los silencios y la soledad para disfrutar con nuestros pensamientos mientras la mar y el viento ponen la sinfonía interminable que acaricia desde nuestra inmensa naturaleza. De ahí vino lo de "Península de paz".
Ser mariñano supone creer en la existencia del Reino de la Lluvia, en Merlín y familia, ser lector impenitente de Cunqueiro, pues su mundo es el nuestro. Muerte, sueño, identidad, soledad, amor, ausencias, silencios y temporales. Disfrutar con los mitos, observar las manos de un viejo marinero, cuando toma la taza de vino en la cantina portuaria. Creer en esas mouras que custodian tesoros ocultos en los caserones abandonados y que antaño hicieron de las manos femeninas herramientas para el salazón o las conservas.
Este mundo casi fantasmagórico, mágico, perceptible aunque no todos puedan verlo, es punto de encuentro para "una tripulación de Argonautas". Carlos Nuevo Cal, Vicente Míguez Salgueiro, Lino Rico Fernández, Sito Otero Regal, Paco Rivas, David Catá, Pablo Livio, Otto Treto y Suevia Figueiroa. Todos en una singladura hacia el infinito de nuestro pasado, gobernados al timón por los capitanes Andrés Díaz y José Pino. Lo mismo que Ulises regresa a Ítaca, nosotros queremos arribar a la isla de San Brandan. Allí dónde los barcos son de madera, los toletes de pao de toxo, la Santa Compaña celebra vísperas y maitines por los pecios y los habitantes orgullosos y dignos seres humanos que conocen y divulgan lo que fueron sus antepasados, las raíces históricas de su país, y hacen de la defensa del Patrimonio Identitario la primera de las causas para alcanzar la justicia social.
"Si en el amanecer de este día pudiéramos volar por encima de nuestra tierra y recorrerla en todas direcciones, asistiríamos a la maravilla de una mañana única" -Castelao.

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